Y fue así como llegué a Miscelánea.
No acostumbro a viajar entre dimensiones. Pude sentir un gélido vendaval devorando mis entrañas y una hiriente luz glacial que perpetraba mis retinas. Lo único que logró mantener mi consciencia fue el tacto del lomo de Amalgama- Al palpar su melena quedé envuelto en un cálido abrazo de aroma a pan joven. Pude sentir el hálito desértico de un oasis y el beso aterciopelado de la brisa de la mañana.
Entonces dejé de prestar atención al eterno vórtice psicodélico que resquebrajaba el firmamento a mi alrededor.
Un choque en un instante que nunca tuvo lugar logró arrebatar mi aliento. Oprimió mi pecho con una fuerza tal que creí no volver a inhalar jamás el aire de mi mundo. No me hubiera importado.
Cuando por fin supe que aquel no había sido mi final (pues no me gusta el número dos) descubrí por qué lo llamaban Miscelánea.
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