Un día como cualquier otro, recostado sobre un desvencijado pupitre, hacía ver que los Principios de la Termodinámica suponían para mí algo más que otra forma de decir "aburrimiento". Como probablemente muchos habréis percibido, una palabra repetida incesantemente acaba por no querer decir nada en absoluto. Aburrimiento, aburrimiento, aburrimiento, aburrimiento... Para cuando la palabra aburrimiento perdió para mí su significado, supe que había pasado demasiado tiempo bajo el yunque del hastío que atenazaba mi vida día tras día. Reparé entonces en el atronador silencio que se había apoderado del aula: un vacío yermo en el que mis compañeros, inmóviles, encarnaban la esencia de lo estático. Ya apenas reparé en mi profesora.
Allí estaba. Era tan inmenso que apenas pude vislumbrar cómo pudo haber entrado por la puerta.
-Hola, Amalgama -dije con voz queda.
-Hola, Adorno -respondió ello.
Su voz se proyectó como un cañonazo enérgico, un grito ensordecedor que hizo temblar el colegio hasta sus mismos cimientos, Cada viga, columna, pared o ventana sintió el aullido de Amalgama, y yo, Adorno, pasé a ser un personaje más en manos del destino.
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